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Fue en El Corozo, en ese
Escuque ido de los años infantiles y brumoso en el recuerdo el centro
de la música, de las pandillas juveniles y del arte que se regaba
silvestre-mente, donde nació este artista.
Aquellos hermanos Baptista, que eran, para nosotros los mejores
"cantores" del mundo, nos hacían festivos en los atardeceres de verano
cuando entonaban en la "puerta de golpe a lo Jorge Negrete, "Esos
altos de Jalisco". La canción, oriunda de Sayula,
corría por la calle
de piedra y se metía en un huerto, hermoso y fresco, cultivado por
padre e hijo, bajo la sombra de un gran árbol de "pan de ano
Eran dos labriegos, al viejo se le llamaba el maestro Román, porque
cuando dejaba su paisaje de agricultura, se dedicaba a remendar las
casas, a tapar rendijas, los huecos, para exilar las goteras. El joven
vendía lechugas y perejil. Eran huraños, silenciosos, pero solemnes en
esa existencia anónima y muda.
Cuando llegó la muerte para el viejo, o sea para el "Taita" de
Antonio, este rompió su vínculo con la tierra, con su huerto, con
Escuque y se fue a la aventura a recorrer mundo, a hacerse hombre a
base de coraje, a pasar hambre y convivir con los sacrificios y
miserias, y a revelar por sobre todas las cosas, un arte que tenía
impreso en su sangre y su memoria.
"EL HOMBRE DEL ANILLO"
Nadie en Escuque llegó a imaginarse que Antonio José Fernández, el
vendedor de hortaliza, ese agricultor tosco e introvertido, fuera un
caudal de obsesiones, imágenes e intuiciones, que llevara en su
intimidad la creatividad, el esplendor y la fiebre del artista.
Algunos -y el relato seria más tarde- lo vieron en el cementerio
trabajando, en un diálogo nostálgico en la tumba de su padre.
Antonio fue al ejército; era analfabeto y allí apenas le enseñaron a
medio leer y escribir. Cuando se le dio de baja, un oficial le hizo
esta recomendación: "A quien le pueda interesar, este hombre sabe
poner ampolletas". Y Fernández se vino a Valera, cayó en pobres
hospedajes; la vida era difícil, terrible en esos días. Sus entradas
eran mínimas y no le alcanzaba ni para pagar el cuartucho. Pero en el
silencio agigantado de las noches, pintaba, hacía dibujos, dejaba
correr su imaginación hasta que el alba reemplazaba la luz artificial.
En los días de calor inusitado, Antonio se iba al río, caminaba en
monólogo habitual y no parecía ni interesarse por el paisaje. En las
riberas del Motarán pasaba horas y horas tallando pequeñas piedras,
moldeándolas, transformándolas en siluetas, arabescos o figuras
extrañas. Como era muy pobre y soñaba con un hermoso anillo, se hizo
uno de piedra y se lo colocó como señal de triunfo, en el camino, en
ese batallar que iría a librar para hacerse artista.
VENDEDOR DE FRUTAS Y FLORES EN EL MERCADO
Antonio cambió su profesión ambulante por la de frutero en el Mercado
Municipal. Allí entre ramas, naranjas, olores y un círculo de voces,
un tumulto, un transitar de gentes y ruidos, le descubrió el médico y
pintor Carlos Contramaestre y lo lanzó por los horizontes de la
divulgación creativa. Carlos le tendió fraternalmente la mano, le
impulsó a trabajar, a crear, a pintar, a esculpir, a organizarse, a
echar fuera de su cuerpo a esos fantasmas que lo roían, que le
cercenaban sus vasos sanguíneos. Y Antonio José Fernández apareció en
los periódicos y revistas, era ya otro creador ingenuo, sin
influencias, desconocedor de toda la historia, movimientos, formas y
juegos del arte pictórico.
Sus primeras exposiciones estuvieron marcadas por el éxito, pues
vendió la mayoría de las obras, y la sonrisa se hizo presente en aquel
rostro huraño y despectivo.
LA PINTURA Y LA ESCULTURA DE FERNANDEZ
Sofía Imber califica a Fernández como uno de los pintores ingenuos de
mayor valía en el país. Juan Calzadilla, elogia igualmente en forma
notable el arte de este ex-labriego escuqueño. Antonio no tiene gran
dominio sobre el dibujo, es decir que jamás le ha interesado la
proporción, la perspectiva, la figura o el retrato, sino que hace de
sus personajes simples muñecos o muñecas, trazos deformes pero
acompañados con el ritmo melodramático. Pero lo más interesante, lo
más valedero, lo que impresiona en este pintor, es su gran colorido,
la violencia, lo estallante, los rojos que impactan en todo momento y
no riñen con otras tonalidades suaves.
Creo que uno de los cuadros donde ha logrado mayor perfección es el
denominado "Las Furias y Las Tinieblas", donde desde un cielo
emparentado entre azules y grises, emergen tres monstruos, especie de
dragones o cancerberos lanzando fuego por las fauces y creando el
temor entre los campesinos, los místicos y los jóvenes.
Para algunos, Fernández es mejor escultor que pintor. Particularmente
no estoy de acuerdo con esta tesis, pero no obstante no hay que dejar
de reconocer la ardua tenacidad, el dominio, la hondura, la capacidad
y la creación del artista en sus esculturas.
Fernández reside en Carvajal en aquella casa que hace algunos años
habitó Salvador Valero. Esta residencia es grande, tranquila,
funcional y magnífica al mundo fabulador del pintor. Fue donada a
través de los miembros del desaparecido "Grupo Martes", entre quienes
figuraban el abogado José D'Albenzio y la doctora Josefa Simancas
Carrasquero, así como otras personas jóvenes que trabajaron
activamente para hacer realidad el sueño de "El Hombre del Anillo" con
respecto a su casa propia. Y Fernández jamás ha olvidado este gesto y
cada momento se expresa con elogios para los que formaban filas en ese
Grupo que recordaba los martes poéticos de Mallarmé.
De un lustro para acá, Antonio José Fernández ha cambiado muchísimo en
el aspecto espiritual. Ya no es aquel personaje agresivo, hosco,
contra quienes no le compraban sus pinturas; ya no es el atormentado
por la precaria situación económica. No habla de suicidio como tanto
solía hacerlo. Luce alegre, y a pesar de su soledad y de que sus ojos
no están en muy buenas condiciones, ha echado a un lado sus quejas
para sonreírle a la vida.
Así es este Antonio José Fernández, "El Hombre del Anillo", el artista
que sólo visita a Escuque cuando va estrechar la mano de su padre que
desde hace más de dos décadas yace solitario bajo tierra.
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