Eloisa Torres              

Eloisa Torres es, seguramente, la mujer escuqueña que ha logrado un mayor reconocimiento para su obra artística, no solamente a escala regional, sino también, en el ámbito nacional. La actividad en la cual ha logrado la producción de una obra exitosa, ha sido la cerámica. Eloísa, como ceramista, ha pasado a ocupar un lugar en primera línea entre los creadores del arte popular venezolano de los últimos cincuenta años.

Nació Eloisa en Escuque, el 29 de octubre de 1901. Sus padres fueron Vicente Bello y Florinda Torres.

Vicente Bello era un inmigrante italiano muy conocido en el pueblo por su pericia e ingeniosidad en el arte de la orfebrería. Famosas llegaron a ser sus lámparas de carburo y las imágenes fantásticas que realizaba en hoja lata y servían para adornar las cornisas de las casas principales.

Es probable que haya sido de su padre de quien Eloisa heredara esa especial habilidad manual para la creación de formas y figuras. Desde muy joven empezó a destacarse entre los vecinos por la ingeniosidad que demostraba en las diferentes tareas que realizaba. Simultáneamente llegó a ocuparse en la confección de vestidos, en hacer flores de papel y en la cerámica.

La principal fuente de inspiración que la consagró definitivamente a la cerámica fue su devoción por el pesebre. Primero empezó por hacer ovejitas, después los pastores, San José, la Virgen y el Niño, los Reyes Magos, la muía y el buey y todos los demás personajes que la tradición ha imaginado como los habitantes naturales del pesebre. Todas estas piezas las hacía de barro sin quemar. Fue la curiosidad de sus vecinos la que le dio mayor impulso a su motivación por la cerámica. Seguramente todo comenzó cuando alguien que visitaba su pesebre le preguntó: -Niña Eloísa. ¿Por qué no me hace media docena de ovejas para mi pesebre?.

No hay mayor impulso para decidir la actividad que uno realiza en la vida que el reconocimiento que los demás hagan de nuestro obrar. La curiosidad que Eloísa logró despertar con sus figuras de ardua, dio origen a su creciente número de admiradores. Con el tiempo empezó a recibir visitas de personajes de significativa influencia en el universo de la cultura. En un principio fueron sus coterráneos, el poeta Ramón Palomares y el profesor Antonio Luis Cárdenas, quienes se empeñaron en el montaje de una primera exposición que se realizaría en la ciudad de Mérida, bajo el patrocinio de la Universidad de Los Andes (1970). Otros coterráneos que contribuyeron a divulgar su obra fueron el destacado jurista, Dr. Alfredo Morles, y el Dr. Francisco Crespo, Presidente de la Institución Escuqueña. A nivel regional, la persona que más ha contribuido a difundir su obra, ha sido el conocido periodista y excelente novelista Antonio Pérez Carmona. En tiempos más recientes el pequeño taller de Eloísa se ha visto honrado por intelectuales prestigiosos como Alfredo Armas Alfonso, Perán Erminy y Carlos Contramaestre, quienes se convirtieron en los principales difusores de su obra artística en el ámbito nacional. Otras personas que han dado un aporte en la promoción artística de Eloísa son los licenciados Francisco Prada, Director del Museo Salvador Valero y Laura Pérez de Prada, fundadora del Museo de Escuque, al cual han dado el nombre de Eloísa Torres. Ambos promotores culturales han publicado un interesante libro sobre Eloísa, ilustrado con muy bellas fotografías del artista chileno Mariano Díaz. Dicho libro fue patrocinado por la Fundación Bigott. Otros personajes que han colaborado generosamente con la artista escuqueña han sido la Insigne educadora Laura Salas Pisani y la Dra. Dora Maldonado de Falcón. Mención especial merece Virginia Betancourt, Presidenta del Instituto Autónomo Biblioteca Nacional, quien le ha prodigado un generoso mecenazgo.


En la técnica utilizada por Eloisa pueden distinguirse dos etapas. La primera consistió en trabajar directamente con el barro, al cual dejaba secar y después pintaba con pintura al óleo. Esta etapa puede situarse entre 1945 y 1970. La mayor parte de las figuras hechas durante este periodo se han perdido, dada la circunstancia de la fragilidad del material utilizado.


La segunda etapa se originó en un acontecimiento muy especial. Fue el caso que en 1970 llegó al país el experto ceramista español Rodrigo García, acompañado de su esposa, la francesa Elizabeth Gollard, quien también es una notable ceramista. El Dr. Alfredo Tarre Murzí, entonces Presidente del Inciba, en repentina añoranza por Escuque, tierra de sus antepasados, decidió contratarlos y enviarlos a Escuque con la misión de que fundaran una escuela de cerámica.

Rodrigo García y Elizabeth Goliard llegaron al pueblo, y tal como se les había encomendado fundaron una escuela para la enseñanza de la cerámica. Esta escuela formó a varios jóvenes que prontamente se convirtieron en muy buenos ceramistas. En está escuela se enseñaban las más modernas técnicas del arte de la cerámica. Los métodos para diferenciar los diversos tipos de arcillas: el uso de hornos eléctricos para quemar las piezas: el uso de tornos y los distintos óxidos que se requieren para esmaltar en diversos colores las piezas ya abizcochadas.

Los frutos de esa escuela se produjeron casi de inmediato, pues al año de funcionamiento ya pudieron montar una exposición en los salones de Pro Venezuela, en donde exhibieron exitosamente alrededor de setecientas piezas.

Un día se presento Eloísa a la escuela de Rodrigo García para pedirle, con su característica humildad, que le enseñara el arte de la cerámica. Rodrigo aceptó gustoso y empezó por enseñarle la técnica de la preparación de la arcilla y el manejo del horno para quemar las figuras. Pero le dijo que no le enseñaba otras cosas como el uso de esmaltes al calor, porque ya ella había creado su propia técnica y que sus figuras tenían un valor muy especial, por lo cual le recomendaba que continuara trabajando en la dirección que traía y que pintara con esmaltes en frío.


El profesor Rodrigo, después de enseñarle la técnica de quemar las piezas, generosamente colaboró en la instalación de un horno en el pequeño taller de Eloísa.

Lamentablemente la poca comprensión que tuvieron los escuqueños con respecto a la labor que realizaban Rodrigo y Elizabeth, determinó que éstos se trasladaran a Tovar, en donde procedieron a fundar una escuela semejante a la de Escuque. De Tovar vino varias veces el profesor Rodrigo a visitar a Eloisa y a estimularía en su trabajo artístico.

La temática desarrollada por Eloisa a través de sus figuras maravillosamente plasmadas en ardua, ha tenido como fuente de Inspiración las tradiciones religiosas conservadas cariñosamente por los escuqueños durante algo más de cuatro siglos, tales como la devoción por el pesebre, la costumbre de manifestar la fe caminando en procesiones, la creencia en apariciones de vírgenes y santos. Otra fuente de inspiración para su temática surge de su deseo de congelar en el tiempo escenas de costumbres y modos de vida pueblerinos, tales como las tradicionales peleas de gallos: los mercaditos a la usanza de las primeras décadas de este siglo; las escenas familiares donde muestra viejos utensilios en vías de desaparecer. También ha plasmado personajes populares que rememoramos con un cierto sabor a nostalgia.

De esta manera, durante algo más de cincuenta años, hemos tenido la suerte de contemplar el sinnúmero de figuritas hechas de barro, que como por arte de magia, han venido brotando de esas sus manos infinitas. Primero fueron los centenares de ovejitas que semejaban correr presurosamente a pastar en los musgos multicolores, ante la mirada apacible de los habitantes imaginarios que la tradición ha colocado en ese universo de seres singulares, donde armonizan la fe y la fantasía, como lo es el pesebre. Después fue recreando todos aquellos personajes populares que llegaron a ocupar un lugar preferente en el corazón de nuestros coterráneos, tales como el Mono Rafael, Trina la de los loros, Sarita, la viejecita de rostro bondadoso que todos los sábados por la mañana, tocaba las puertas de nuestras casas para ofrecernos la bendición del Niño Jesús: Petra, la misma que dio origen al refrán ¡Así es Petra! que recorrió todo el país: a Romelia y Majaguillo. Más tarde en otra etapa de su prolongada carrera artística, la vimos atareada en la representación de escenas pueblerinas de tiempos ya idos. Las figuras predominantes en este periodo eran la mujer que molía maíz en una piedra para echar las arepas, que luego asaría sobre un budare de barro cocido, colocado en un fogón de tres tapias; el campesino que iba arriando un burro cargado con los frutos de su conuco; la campesina sentada en un banco, entregada a la tarea de remendar las ropas de su marido; escenas de los viejos mercaditos: las galleras: las parejas que bailan alegremente al son de viejas resonancias.

En el período siguiente estuvo Eloísa poseída por el culto a Bolívar, y de ahí surgió su particular visión de ese hombre de dimensiones colosales, como lo fue efectivamente el Padre de la Patria.

Es conveniente tener presente que su motivación permanente a lo largo de toda su carrera artística se nutre en la pureza y en una cierta ingenuidad de sus convicciones religiosas. Eso explica su interés permanente en plasmar escenas que representan la aparición de vírgenes, y también procesiones, donde no solamente destaca la adorable imagen del Niño Jesús, del sacerdote y de los músicos de la banda municipal, sino que refleja en el rostro de los parroquianos las tristezas y las alegrías que anidan en el alma de los escuqueños.

Acercarse al mundo imaginario de Eloísa, y apreciar la convivencia armónica de la artística con los seres de su propia creación, es algo fascinante. Llegar a conocer la persona que es Eloísa, con su estampada aureolada de humildad, de la cual emana un halo de serenidad, es como encontrarse frente a frente con las virtudes de la bondad, la amabilidad, la sencillez y la dulzura. Además de eso, es una mujer admirablemente trabajadora, que aún a sus noventa y un años, cumple religiosamente con su jornada de trabajo. Eloisa es un paradigma de mujer escuqueña, enraizada en los más arcanos ancestros de su querido terruño.

El humor negro es característico en toda la producción de la artista. Ahí están "el borrachito", "la cargadora de leña", "las cogedoras de café", "los músicos" y la popular "Petra".
Eloisa vende, es de la ceramistas de provincia más satisfecha con su creación. El turista que viene a Escuque, o va a conocer por recomendación la Iglesia construida por aquel albañil analfabeta llamado Lisímaco Puente, o va a la casa de esta artista a llevarse dos o tres piezas.
¿Cuál fue tu primer contacto con la cerámica? -le preguntamos en este día de mayo lluvioso-, y cuando los grandes ojos de la artista que denotan muchos años de vida creativa, reposan en los frondosos bucares que gimen con el viento.
-Desde niña me iba al río, por "las guardiecitas" o por el camino que conduce a La Macarena, a recoger piedras de colores, las cuales regaba sobre la arcilla y empezaba a moldear las figuras -nos responde Eloisa-. No sabía lo que hacía, pero me encantaban los rojos, el ocre y en fin, las tonalidades que quedaban impresas en ese amasijo de barro. Después fue ese mundo de anime que tejía para los pesebres del pueblo. Y en la Iglesia contemplaba la Inmaculada Concepción, el Niño Jesús y otros Santos, los cuales los llevaba en la memoria para hacerlos realidad bajo el poder mágico de la arcilla -expresa, en una nostálgica evocación de su amada infancia, la artista.


 


 

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