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Entre los sacerdotes que con decidido ardor colaboraron con sus bienes
y sus luces a la causa de nuestra Independencia, merece sitio de honor
Fray José Ignacio Álvarez.
Nació en Escuque el año de l76O, hijo de Matías Álvarez y Paula Abreu;
emparentado muy de cerca con el prócer mártir Vicente de La Torre.
También era deudo de Rivas Dávila y Antonio Rángel, próceres
merideños.
Estudió en Puerto Rico, y en los años de 1782 a 1784 estuvo regentando
en el Convento Franciscano de San Juan de Puerto Rico en las cátedras
de Filosofía, Metafísica y Matemáticas. Sabía varias ciencias, era
legista y teólogo. Cuando se afilió a la Independencia, sirvió a ella
con todas sus facultades personales e intelectuales.
Fue cura de Betijoque a principios del siglo XIX. Fue el primero que
estampó en los archivos parroquiales el nombre del pueblo en la forma
que hoy se escribe. En 1810 se trasladó a Trujillo y aquí fue nombrado
Vocal Secretario de la Junta Superior, y desempeñó también el cargo de
Prior del Convento de San Francisco. Redactó la Constitución de la
Provincia de Trujillo, que desde 1786 venía figurando como Distrito
Municipal de la Provincia de Maracaibo. Dirigía en esta ciudad todos
los debates de carácter político.
La exposición que hizo en su carácter de Secretario fue un brillante
documento en que expresaba con harta sabiduría las razones de orden
jurídico y político que asistían en aquel momento a Venezuela para
proclamar su Independencia. Podría decirse que fue para Trujillo lo
que los canónigos Madariaga y Uzcátegul para Caracas y Mérida.
No contento con sus servicios que allí prestaba quiso también, con
hábiles manejos, atraer la simpatía de los maracaiberos a la causa
patriota, en compañía del Alcalde de Betijoque, don Francisco Miguel
Oliver, nombrado por los realistas, pero que retirándose de aquella
bandera, enrumbó sus ideales en pro de la libertad, y quien más tarde
con el nuevo triunfo de aquéllos, fue sentenciado por infidente a
destierro perpetuo.
Fray Álvarez recogió entre las Iglesias de Trujillo hasta quince
arrobas de plata para ayudar a los patriotas que iban en la emigración
de Urdaneta. Ya en Caracas se había realizado medida similar por los
trujillanos Cristóbal Mendoza y José Ignacio Briceño.
Como sabemos, en 1811 dominaban en Maracaibo los realistas, quienes
hostilizaban a los trujillanos, siendo Gobernador en aquella Provincia
don Fernando Miyares. El Gobernador de Trujillo designó a los
hacendados don Ramón Méndez y don Vicente de La Torre para que
saliesen a combatir a los maracaiberos, y en los llanos de <El Cenizo>
y <Valerita> sufrieron los realistas de Miyares tremendas derrotas.
Estos y otros hechos de importancia en favor de la patria, levantaron
el prestigio de estos jefes mencionados, y más tarde fueron nombrados
Alcaldes de Betijoque y Escuque, respectivamente.
En 1812 era Teniente Justicia Mayor de Betijoque don Basilio Briceño,
oriundo de Trujillo, quien compartía sus nobles ideales de patria con
el fraile Álvarez, y éste le dictaba la correspondencia relativa a
encender en el ánimo de los maracaiberos el espíritu de nuestra causa.
Les exhortaba que se apoderasen de tres lanchas que estaban en La
Ceibita, para tener con qué defender a Gibraltar, que era una
población de importancia y tenía dos cañones y algunos fusiles.
La mayor parte de los betijoqueños abrigaban sentimientos realistas,
aunque hubo entre ellos quienes anhelaban y sostenían con ardiente
celo el patriotismo que en las demás regiones imperaba. Fray Álvarez
insinuaba a don Basillo que hasta debiera obligarse al pueblo a seguir
la noble causa. A él se atribuye la siguiente frase: <Cuando los
hombres no se prestan de buena voluntad al bien de la humanidad,
precisa violentarlos con severidad y rigor>.
En 1814 salió de Trujillo y se unió en Mérida con los emigrantes
Rodríguez Picón y Uzcátegui Dávila. Estos dos últimos terminaron su
vida en el destierro; más afortunado Fray Álvarez, que logró regresar
a su pueblo. En 1820 fue de los entusiastas que recibieron a Bolívar,
y en 1822 servía la cura de almas de Escuque, su pueblo nativo, donde
se dice que murió.
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