Ramón Palomares              


Ramón Palomares sale de su Escuque aun siendo un muchacho rural para deslumbrar a los círculos intelectuales metropolitanos con una poesía extraña, olorosa a trinitarias, viva y silvestre como los cundeamores, errante como "llamas que cantan vestidas de azul", misteriosa y lacerante como "los zamuros que buscan sus viejas montañas".
Vicente Gerbasi (en el mediodía de la fama con su libro "Mi Padre El Emigrante", cuyos versos repetían hasta los escolares), Juan Sánchez Peláez y Adriano Gonzále2 León, son los primeros en predecir, en anunciar el hallazgo hermoso de un auténtico poeta, al leer los cantos y el lenguaje encantador de Palomares. Y desde ese instante, en las Mesas Redondas, en los cafés literarios, se despertará un gran interés por la creatividad de este joven silencioso y volcado a su mundo interior.
Si Rimbaud había impactado con su "Ofelia" y su "Temporada en el Infierno" -en medio del alcohol y los cigarrillos de las tabernas invernales parisinas- a poetas curtidos como Paul Verlaine, Ramón Palomares con su traje provinciano, con su rostro manzana y sus ojos tristes, también lo hacía como portador de encantos y nostalgias, en esa Caracas inundada de influencias sureñas (Rosamel del Valle, Huidobro y Rocka), y de las voces de Eliot, Perse, Cessaire y Eluard.

EL ALBA DEL POETA

Ramón David Sánchez Palomares nació en Escuque, en 1935. Hijo de una humilde mujer que ganaba su vida como hacedora de arepas y como lavandera, y de un bardo dipsómano, desde muy corta edad es llevado a la residencia de su tía, Doña Polimnia de Olmos, honorable educadora, especie de Ursula Iguarán, que, entre flores, aves cantarinas y poesía paranassiana, da abrigo a todos los sobrinos golpeados en la orfandad paternal de un soñador perdido en el alcohol y los sonetos.
"Mama Pola" será el amor más dulce, la mujer bondadosa, el recuerdo imborrable para Ramón. Ni después de la muerte de ésta se le escapara esa imagen que en "Adios a Escuque", el poeta la convierte en delicado pajarito. Y así nos la presenta: "Pajarito que venís tan cansado y que te arrecostás en la piedra a beber. Decime. ¿No sos Polimnia?. Toda la tarde estuve mirándome desde No sé donde. Toda la tarde. Y ahora que te veo caigo en cuenta. Venís a consolarme".
La adolescencia de Ramón Palomares es de bosques, juegos, ríos y lecturas que nutren su imaginación, que lo llevan a los mares de Sandokan, a la soledad de aquel náufrago que se aferró a una isla donde hizo crecer la vida, Robinson Crusoe; a las aventuras de Julio Verne y a las hazañas del Far West.
Su tío, Julio Sánchez Vivas, poeta y bohemio, le habla de Darío, de los clásicos españoles, de Espronceda, y de los románticos. Su padre, le recita hermosos versos. Y el niño aún cuando es el más arriesgado del grupo, de la pandilla, y que siempre hace de "protagonista" en esa sabana cercana a su casa, llena de pringamoza y con hornos de cal y con bejucos junto a la quebrada, no deja de contemplar las plantas, de hacer que los cundeamores, los mirtos y los lirios penetren a su cuerpo.
Es ya poeta, y cuando parte a San Cristóbal a cursar estudios de Normal, ha tejido su primer poema de luz sobre las tinieblas que le abrasaban: "He visto a Dios por los mil ojos de la Claraboya".
La muerte de su padre le golpea terriblemente, le hace insomne, abstraído. Pero ese dolor le conmina a producir una de las elegías más puras de nuestra lírica: "Esto dijéronme: tu padre ha muerto, más nunca habrás de verlo. Ábrele los ojos por última vez y huélele y tócalo por última vez. Con la terrible mano tuya recórrelo y huélelo como siguiendo el rastro de su muerte y entreábrele los ojos por si pudieras mirar adonde ahora se encuentra". El canto elegíaco prosigue de esta forma: "Ya los gavilanes han dejado su garra en la cumbre y en el aire dejaron pedazos de sus alas, con una sombra triste y dura se perdieron como amenazando la noche con sus picos rojos. Y de esos mirtos y de esas rosas blancas toma el perfume entre las manos y échalo lejos, lejos donde haya un hacha y un árbol derribado. Ya entró la terrible oscuridad y sus inexorables potencias cubre las bahías y hunde las aldeas en su vientre peludo".
Aquí se revela el Jorge Manrique venezolano con su manto de tristeza que cubre aún hasta las flores, los pájaros y el paisaje. Vedlo simplemente: "Ya las flores nacidas anoche como el lirio, como la amapola, como la orquídea blanca, las flores nacidas anoche han desaparecido y sólo cuelgan con olores tristes de los gajos No mires más a los arroyos que se llevarán las aguas, las de ayer, las de hoy, las de ahora mismo, y por la lejanía no dejes vagar tu mirada acuciada por el dolor de los pájaros presos, por el dolor de quienes dejaron partir a la amada, por el dolor de quien no puede marchar más nunca a su país".
"Conquistas" será la oda, el reino, el esplendor, la residencia y el fulgor de su padre muerto. En esta segunda parte yace derrotada la nostalgia por un mundo de esperanza, por los deseos de que brille el espíritu y Don Rómulo Sánchez se convierta en joven, en un haz luminoso. "Vuélvete a la luz" -le implora el poeta-. Llaman a grandes voces:
"¡Padre! Asoma tu cabeza por entre la oscuridad. Asoma tus ojos y mírame como a tu querido y bésame como quien soy: quien estuvo en mitad de aquella hembra adorada"!
El Reino nació en la soledad escuqueña, en esa casa de rosas reina de las nieves y de amables fantasmas. El Reino creció entre las aventuras narradas por Don José Olmos, con el perfume de "El Cantar de los Cantares", con el poder catastral de los vientos, mares, navíos y el lenguaje cristalino de Alexis Leger Saint Leger. Pero todo ese circuito está volcado hacia Escuque y con un verbo estremecedor, con un caudal imaginativo sorprendente.
En esos días -después del Intenso trabajo- el joven poeta lee a sus amigos a alta voz en las gradas de la Plaza Bolívar de su pueblo, los cantos que integran este bello libro. Junto a él se forma una ronda del vino y del poema. Una tarde recita El Nadador, Errantes o Palabras del Actor, y al crepúsculo siguiente lo hará con Saludos, Huéspedes, Máscaras o Las Comedias y los Días. Y sus compañeros le aplauden, le festejan, le aman.
Ramón no entiende nada de mezquindad y es por eso que riega entre sus camaradas la poesía de Rosamel del Valle, de Vicente Huidobro, de Alejandro Carrión, de T. S. Eliot.
En las albas se le ve caminar hacia La Sabaneta, por el río colorado, por Juan Diaz y en torno a las colinas donde se adorna de sol, niebla, follaje.
Permanece horas, en esa "Iglesia de cal de luna", contemplando los vitrales, las copias de la Inmaculada Concepción de Murillo, los murales anónimos. En alguna noche, ebrio, se abraza a los pinos y desafía el viento lúgubre del cementerio local.
Se enamora apasionadamente y al frustrarse esa primera pasión, sufre como Werther, pero no recurre al pistole tazo, sino a combatir su desolación escribiendo bellos poemas. Y el dolor se abalanza nuevamente sobre su corazón al morir su querido tío, el poeta Julio Sánchez Vivas, aquel maestro de ojos mar que había regado su sangre de sensibilidad y pureza.
En este tránsito de angustia y melancolía germina "Honras Fúnebres", libro que ve la luz en 1962, y donde después de los viajes de regreso del Oeste, el poeta narra las impresiones, el luto, los fantasmas que surgen de las brumas y los aconteceres tristes de la "pacífica ciudad".
1963 es el año en que Ramón Palomares, en constante búsqueda, rompe con su tónica anterior. Aparta a un lado el grito dorado, palpitante, el impulso elegíaco y el lenguaje florido de El Reino y Honras Fúnebres, para tirar por los aires el vuelo popular, la conversación silvestre del campesino, la poesía rural, el paisaje metido en los huesos, la danza de los mitos y las leyendas, la fantasía de pájaros y flores, en una obra que admira por su extraordinario acento personal y la cual es aclamada en forma unánime por la crítica: Paisano.
Boconó y sus comarcas le brindan este libro penetrante y subyugante, donde la magia amalgama a través de las narraciones al poeta y las cosas circundantes. Habla la niebla, habla el río, canta el páramo, crea el campesino el color oro que el sol va dejando en el monte, en las colinas, en las matas dé malva. Y narra también la desolación en Reseco, un lamento interminable de la tierra acuchillada por la sed.
"Paisano" es un libro vital, escrito por miles de "Juan León", de aves, de culebras, de noches y estrellas rurales.
La obra más reciente de Ramón Palomares, es "Adiós a Escuque", con la cual logró el Premio Nacional de Literatura, 1974, siendo, según el consenso de la crítica, uno de los libros de mayor trascendencia en el país en una tónica impersonal, pero no por ello floreciente en imágenes, en testimonios y bellezas.

 


 

Cacique Jaruma / Vicente de la Torre / Barbarita de la Torre / Cipriano Díaz / José Antonio Hernández /  Juan Maximiliano Escalante / José Ignacio Álvarez / Agustín León / Ramón Palomares / El hombre del anillo / Eloisa Torres / Salvador Valero / Julio Helvecio Sánchez
                                                                              

© Copyright 2004 NTT www.trujillonet.com.ve Email: ntt@trujillonet.com.ve