Salvador Valero              


Las penurias de Salvador Valero comienzan desde el momento en que un caudillo de apellido Pérez manda a asesinar a su padre. El muchacho llora sobre el cadáver, y el dolor y la melancolía se le incrustan en ese instante para toda su vida. Huérfano tiene que servir de "conchabado" a varias familias de Escuque, desherbando los frentes de las casas donde la piedra maciza emitía en las noches sin luna con el golpe de las cadenas de los difuntos, ruidos que ponían la piel carne de gallina.
Pero en el pueblo crece el rumor de que hay un niño que pinta muy bien, pero los dones, le dicen al mandadero que se "deje de esas vainas". Además Escuque en esos años es un campo de emboscadas, reyertas y muertes.
En el año 1923, el Presbítero Escolástico Duque, quien ha visto sus dibujos le explica la técnica al óleo y le regala unos tubos de diversos colores.
Trabaja al lado del maestro Angel María Cuevas en la restauración del Templo de Escuque. Salvador siempre recordaba a Cuevas con gran cariño y como un extraordinario pintor, hablaba de aquel cuadro del León que éste había pintado en Agua Clara y. que hoy guarda como una reliquia artística el señor Héctor Olmos.
Pero la vida se hacía día a día más dura para el artista y tiene que buscar otros oficios. Se hace santero y vendedor de otros objetos, iniciando largos viajes a pie. Va hasta los páramos donde una vez trae hasta hielo en unas hojas de bijao.
En 1934, conoce a un señor jorobado que pasaba películas en los diversos pueblos del Estado y que la gente lo llamaba Don Valeriano. Este le ofrece trabajo en su taller fotográfico, donde al mismo tiempo -según lo afirma Carlos Contramaestre- incursiona con éxito en el grabado. Datan de esa fecha -agrega el Dr. Contramaestre- los primeros linóleos que realiza este artista, de gran importancia para la historia del grabado en Venezuela, y donde su estirpe de artista popular y de hombre justo sale a relucir.
Es el Posada nuestro quien asoma su rostro singular, el 19 de abril de 1936, en las páginas de "El Anunciador", periódico valerano que editaba Diez y Riega, reprodujo uno de los primeros linóleos de Salvador Valero, donde con valentía enjuiciaba la política represiva del presidente López Contreras, quien dispuso sin motivo aparente, que ese día feriado en todo el territorio nacional, nadie debería salir


La pintura de Valero se caracteriza por su permanente originalidad. La luz, los colores, los tintes extraños e insólitos, emergen como de un manantial inherente al artista. El logro de los contrastes es sorprendente, pues no hay ruptura de armonías, no hay choque entre las pigmentaciones fuertes y leves, sino que todo es un maravilloso conjunto que embruja al espectador. Mujeres primitivas, temas navideños, oníricos, escenas rurales, leyendas de mal agüero, tablas milagrosas, hermosos Cristos y vírgenes candorosas y todo un fabuloso mural de los sueños y de la infancia real nutren este universo de la imaginación y lo anecdótico que se hace esplendor y fiesta en los ojos del pueblo.
Las obras de mayor significación para el propio creador tal como no los confesó en la última entrevista que le hicimos en su rancho donde tenía colgados como Judas a los politiqueros- eran "Mañanitas de Aguinaldos", "Paradura de Niño", "Las Murmuradoras", "La Echadora de Suerte", "El Velo de la Verónica", "Esperando al Médico" "La Quema de Judas", "Hiroshima". Pero para nosotros todo lo que tocaba este artista se hacia magia y maravilla, especialmente los Cristos alargados, melancólicos y dolientes.
Fiel a la historia, a la lucha de los pueblos por su liberación, a los anhelos y a la construcción de un mañana mejor, Salvador Valero estaba adscrito a un pensamiento y acción antiimperialistas, y tenía que serlo así, porque él, campesino, hombre bondadoso, humano, vivió su pintura, lenguaje y toda su vida al vuelo popular.


 


 

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